
Sana, bella, inteligente y seductora; Margarita Ruiz de Lihory fue señora muy importante y apreciada por la clase política y militar de los años del franquismo. Fue como una versión más castiza de Mata Hari, pero de mismos o incluso mejores resultados.
Aparte de sus continuas correrías esotéricas y de verse siempre rodeada, como cualquier vieja, de multitud de gatos, los cuales solían morírseles en grandes cantidades y de extrañas maneras; nuestra querída dama será en verdad recordada y apreciada por “El Misterio de la Mano Cortada”.
Al parecer, cuando una de las hijas de la marquesa murió de leucemia en su caserón de la calle Princesa de Madrid. Doña Margarita supo llevarse unos recuerdos antes del entierro del cadáver, agenciándose la lengua, los ojos y una de las manos. Ella confeso: “Mi hija era una santa y sólo tome estos pedazos de su cuerpo para convertirlos en reliquias”. La señora era de buena familia y tampoco hubo mala fe en sus acciones, así que el caso simplemente quedo en una travesura de aristócrata algo excéntrica.
En los subterráneos del caserón, con paredes forradas de terciopelo rojo y todo lleno de animales disecados, esqueletos y cosas en formol, se hacían toda clase de experimentos químicos y alquímicos, a parte de libertinos actos sociales. Otra buena historia es la que cuenta que Margarita cobijó a dos mad-doctors de aspecto nórdico/nazi, unos tal George Framremberg y John Schmidt, que ya puestos no eran incluso ni humanos; sino científicos Ummitas (relativo al culto extraterrestre español, UMMO) que estaban allí haciendo sus pruebas e investigaciones.
Lo único provechoso que se sacó de todo esto, fue la conocida tonada infantil: “En la calle de la Princesa, vive una vieja Marquesa con su hija Margot, a quien la mano cortó. Moraleja, moraleja, esconde la mano que viene la vieja.”
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