Los representantes de dos discográficas danesas se pelean por contratar a la cantante del momento. Uno de los representantes, secundado por dos torpes secuaces, secuestra a su competidor. La historia se les complicará cuando entre en acción el hermano torpe del secuestrado. Película erótica Danesa, en danes I Tvillingernes tegn, de una serie dedicada a los signos zodiacales, de espíritu picaresco y humor a lo Benny Hill. Una de las más recomendables de todas las realizadas.
Dirigida por Werner Hedman en 1975.
Los abetos navideños se sublevaron contra el plan forestal para satisfacer las vanas necesidades navideñas del ser humano. La humillación y el asesinato conífero no se hará esperar.
Treevenge es un aclamado cortometraje dirigido en 2008 por Jason Eisener.

Hace más de 40 años, cubierto por una sábana blanca, quedó en el arcén de una carretera el cuerpo sin vida de un mito inmortal, Jayne Mansfield. Sex-symbol de fulgurante ascensión, hizo de sus pronunciadas curvas el camino más recto hacia el éxito y del escándalo, el amplificador de su constante melodía de seducción, de su atolondrada ninfomanía y su compulsivo exhibicionismo. Nacida a imagen y semejanza de Mae West -aquella otra devoradora de hombres que presumía con descaro de que “cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor”, Jayne Mansfield emprendió una carrera cinematográfica exenta de pudor aunque plagada de provocaciones. Saltando de los brazos de un amante a las rodillas de un magnate, entre el lujo y la ordinariez, rodeada de hombres musculosos y libre de cualquier prejuicio, la actriz fue esa tentación que siempre vive arriba, en la mente y los más íntimos anhelos de los hombres.
Disfrutando del sexo en los dos lados de la cama y posando de manera inaceptable incluso con sus propios hijos, Jayne Mansfield fue fugaz amapola antes de lucir un eterno crisantemo. El destino frenó en seco su vida en una carretera mojada. Tal día como hoy del año 1967, mientras viajaba hacia Nueva Orleans con su familia, su veloz automóvil se empotró violentamente contra un camión. Aunque sus hijos resultaron ilesos, entre el amasijo de hierros quedaron los cuerpos de su amante, su chofer y los dos minúsculos chihuahuas que la arrullaban con sus ladridos. En aquel macabro cuadro, el cuerpo de Jayne Mansfield aparecía decapitado en el arcén de la autopista. Alguien diría, desde el más negro sentido del humor, que por su mala cabeza.
The Wild Wild World of Jayne Mansfield es un documental mondo y de explotación entorno a la actriz de serie-b y sex-symbol Jayne Mansfield. Dirigido por Charles W. Broun Jr., Joel Holt y Arthur Knight en 1968.
Una joven mujer vaga por nueva york tropezando a su paso con diversas escenas y personajes representativos del panorama underground de la ciudad. Monólogos en Central Park (con Rick Aviles), trafico de prostitutas en el Chinatown de Manhattan, ceremonia de santería, visita a un club S&M… junto a un diverso número de performances de la mano de artistas como Joey Arias, Joe Coleman, Phoebe Legere, Karen Finley, Lydia Lunch y Ann Magnuson.
Este es el panorama que va encontrandose una joven a su paso por los diversos barrios y callejuelas de Nueva York, como representación clara del movimiento underground de la ciudad.
Documental mondo dirigido por Harvey Keith en 1988.

Murder a la mod narra la oscura historia de una mujer que trata de ayudar a su novio porno-star con desastrosos resultados.
Un brutal, sangriento y prematuro film del legendario Brian de Palma. Estrenada en un único teatro de Nueva York en 1968. Delicioso plato para los fanáticos del genero o del director, que incluye chicas ye-ye, encuadres peliagudos y recurrentes homenajes psicóticos a las películas de Hitchcock.
Dirigida en 1968 por el ya mencionado Brian de Palma.
En Lecciones de amor en Suecia (I´ll Take Sweden, Frederick de Cordova, 1965), el abnegado padre Bob Hope no soportaba que su hija (la siempre desaprovechada Tuesday Weld) tuviera como novio al vago y libertino Frankie Avalon, quien sólo pensaba en pasarse los días de juerga sin dar un palo al agua y, por consiguiente, resultaba el yerno menos indicado para un señor de tan amplios valores como Hope. Un oportuno viaje a Suecia, le hacía ver que, en el fondo, la cosa no estaba tan mal como él pensaba. Aunque Lecciones de amor en Suecia (una más que correcta comedia, dicho sea de paso) tiene sus dosis de playa, bailes, chicas en bikini y música pop, lo cierto es que no llega a los extremos de otras películas paradigmáticas de esta tendencia que tanto se extendió a lo largo de los años 60. Sin embargo, tiene un aspecto digno de señalar que, en parte, delimita y hace ver los derroteros por los que esta especie de subgénero transitó a lo largo de casi una década de existencia: el protagonismo compartido entre Bob Hope y Frankie Avalon. Ello no es, en absoluto, circunstancial, sino un dato muy revelador de la auténtica idiosincrasia de estas producciones: un marcado conservadurismo envuelto en la más absoluta apatía hacia todos los acontecimientos sociales que marcaron uno de los períodos ideológicamente más comprometidos del siglo XX. Bob Hope, como paradigma de la moral tradicional, asentada por su incondicional apoyo al ejército durante la Segunda Guerra Mundial y de su aclamación popular hasta el punto de verse convertido en un símbolo nacional, otorga una vena profundamente reaccionaria a un film sólo en apariencia vinculado a la juventud, ya que Frankie Avalon (por esbozar una analogía, otro símbolo, en este caso, de los veinteañeros) se pliega completamente a los designios y exigencias de Hope, con el único condicionante de seguir con su vida ociosa y festiva. Ésta, de hecho, es una de las características más notorias de éste tipo de cine.
En efecto, en ninguna de las películas que asentarían su presencia en las carteleras se hablaba de la guerra de Vietnam, de los problemas raciales, de los convulsos momentos políticos en Estados Unidos o del cambio que se estaba operando en las nuevas generaciones. Nada de ello importaba lo más mínimo. A lo único que tenía que atender la juventud es a ligar en las playas con las chicas guapas y a disfrutar de cálidas noches escuchando la (para los oídos de un Bob Hope) estridente música que estimule sus caderas. Frankie Avalon (como ya se ha visto, un mero comparsa de la moral tradicional) se convierte en el estandarte de estas producciones de bajo presupuesto, celérico rodaje y consumo inmediato. En Escándalo en la playa (Beach Party, William Asher, 1963) coincide por primera vez con otra presencia habitual del género, Annette Funicello, una morena pizpireta reciclada inmediatamente al medio televisivo al finalizar sus años dorados. Ambos, con la inestimable ayuda de los avispados productores de la AIP (responsables de buena parte de estas cintas) llevan la apatía ideológica a los espectadores coetáneos, blandiendo un espíritu de directo pasotismo ante la coyuntura social que los envuelve. Su posición de “rebeldía” ante las normas establecidas y el consiguiente choque general es completamente superficial, desprovisto de elementos verdaderamente críticos. La sencillez de las historias y la constante presencia de respetados intérpretes como necesario vínculo hacia el cine anterior (Robert Cummings, Brian Donlevy o el gran Buster Keaton), responden a su necesidad por ofrecer un falso espejo de conformismo en una sociedad creada ex profeso para estas películas.
Vistas hoy, sin embargo, producciones como Pajama Party (Don Weis, 1964) o Muscle Beach Party (William Asher, 1964) tienen un valor cercano a la paleontología. No porque estos films se hayan quedado irremediablemente viejos (ya lo eran, de hecho, a comienzos de los años 70, apenas un lustro después de su exhibición comercial), sino por su radical extensión de lo caduco. Resulta hasta cierto punto lógico su espíritu frívolo e insignificante y, de hecho, es ello lo que acaba por conferir a estas producciones un teórico valor, anclado en la escasez de pretensiones. Los años, de hecho, han provocado incluso mutaciones genéricas dentro de sus constantes, apareciendo como obras casi cercanas a la ciencia–ficción. Primero, porque no se puede exponer una visión tan inocua de una parte de la sociedad si no es ateniéndose a preceptos completamente ficticios y fantasiosos.
Por otra parte, porque el surrealismo de sus situaciones (incluso las, aparentemente, más lógicas), unido a cierta tendencia al desequilibrio (y no solo cinematográfico) acaban por completar la vinculación genérica. Un buen ejemplo de ello se puede encontrar en las dos películas en las que intervino Buster Keaton: la mencionada Pajama Party y How to Stuff a Wild Bikini (William Asher, 1965). En ambas su personaje (él mismo, prácticamente) es un claro ejemplo de lo absolutamente marciano e irracional. Un oasis dentro de un inmenso desierto, cuya fusión con el resto del film no puede resultar más desconcertante acrecentando la sensación de hallarnos ante un tipo de cine que escapa completamente de cualquier elemento que lo una con la realidad. La secuencia de los créditos finales de How to Stuff a Wild Bikini, con Keaton bailando junto a un grupo de guapas muchachas en bikini, así lo asevera.
Años después, en Grease (Randal Kleiser, 1978), Frankie Avalon interpretaba a un ángel, producto de las ensoñaciones de Frenchy, quien le aconsejaba que no dejara los estudios o se arrepentiría el resto de su vida. Es decir, moral tradicional (seguir el camino dictado, simbolizado en los estudios) y desapego de la realidad (un ángel)…, por si quedaba alguna duda de todo lo expresado en los anteriores párrafos.
Joaquín Vallet Rodrigo.
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En Beach Party, un antropólogo va a vivir a una casa de las playas de California con el fin de estudiar las costumbres de la juventud de esa zona. Su actitud contraria hacia los chicos cambia cuando una jovencita se enamora de él y descubre que los chicos no son tan malos.
Bikini Beach reúne de nuevo a toda la troupe de jovenzuelos para otras vacaciones de diversion, surf y mucho rock. Alli descubren una peculiar tienda que resulta ser el cuartel general de Potato Bug, una estrella britanica de la cancion, que esta protegido por un inusual guardaespaldas, Lady Bug y sus tecnicas francesas de autodefensa.
Ambas películas dirigidas por William Asher entre 1963 y 1964.
Un joven paletorro decide, a pesar de su ajustado cociente intelectual, visitar la gran ciudad de Hollywood. Confundiendo un burdel con una pensión, nuestro playboy de medianoche acabara burlando al alcahuete local, montandose su propio negocio de lenocinio en una furgoneta. Da gusto ver como transcurren los acontecimiento cuando un paleto de pueblo conoce al de ciudad.
Conmovedora producción softcore de Harry Novak, realizada en 1971 por Bethel Buckalew.
John Michael McCarthy, nostálgico de Memphis, se empeñó un día en recuperar el espíritu de la exploitation y hacer de él su bandera. Según el: “La exploitation es un mal gusto adquirido. No son tanto los bajos presupuestos o las malas interpretaciones lo que hace tan deseables nuestras películas, sino las extrañas propiedades que tienen como medio de expresión personal comparable al comix underground, al punk rock y, en mi humilde opinión… al arte”. Después de un tiempo como dibujante de comics, McCarthy cogió la cámara en 1993, fundó una productora (Guerrilla Monster) y dirigió Damselvis, Daughter of Helvis, un largo en el que tres ángeles pandilleros y encuerados son encomendados por un Jesús negro para finiquitar a la dama pagana Damselvis. Entre los secundarios, Evel Knievelvis, Rebelvis, Psychedelvis o Elviscious, dioses arcanos del rock and roll. Lo de Elvis es otra constante para el realizador, que nunca conoció a su padre biológico: “Mi madre vio actuar a Elvis en 1956. Se la puede observar en una famosa foto en la que el cantante extiende su mano sobre una muchedumbre de mujeres jóvenes. La yuxtaposición de Elvis con las chicas gritando es como la composición de Miguel Ángel para La creación del hombre. Sí, estoy diciendo que él es mi padre”. De eso iría su siguiente película, Teenage Tupelo, de irresistible look-fifties y abundante despelote fino. “Vale, en mis filmes hay desnudos gratuitos, pero sólo de mujeres atractivas, nada de hombres feos”.
Ovnis, Amazonas y punk rock garajero pueblan The Sore Losers, su siguiente largo, sobre un delincuente juvenil del espacio exterior en misión terrestre clara: matar hippies. Su siguiente trabajo es Superstarlet A.D., una historia apocalíptica rodada en 2.000 en la que los hombres son trogloditas y las mujeres han recuperado el cetro. Por supuesto, todas van en ropa interior retro, se reparten en bandas (morenas, rubias y pelirrojas) y se ocupan en recuperar las viejas películas de sus abuelas. McCarthy se supera barajando siempre las mismas referencias. “Yo tengo en menos consideración a los americanos si no poseen un poquito de culturilla de comics, pelis de bajo presupuesto y rock and roll del antiguo. Toda esta movida es por lo que se conoce EEUU, tanto como por Lincoln y Jefferson”.
Sus dos últimos trabajos Broad Daylight, recreación en 8mm de las clásicas cintas burlesque de los 50′s, y Cigarette Girl, visionaria recreación de un futuro/persente donde el tabaco es demonizado y clandestino, siguen fielmente su linea estética y rockanrolera que tanto encandila.

Una psicópata rica y desquiciada organiza una cacerías humanas ofreciendo a tres hombres 100,000 dólares si logran permanecer vivos durante 24 horas en Manhattan. Ella hará todo lo posible para que ocurra lo contrario.
Extraordinaria experiencia visual con las clásicas escenas softcore, paradójicos diálogos y situaciones inverosímiles. Prácticamente indispensable. Dirigida en 1968 por Herb Stanley.
