
“…Todo hombre debe de estar en plena libertad para escoger por sí mismo su trabajo. No debe ejercerse sobre él la menor coacción ni violencia. De otro modo, su trabajo no será beneficioso para él ni para los demás…
…Pues el reconocimiento de la propiedad privada ha sido, realmente, muy nocivo para el individualismo y lo ha empañado, por así decirlo, confundiendo al hombre con lo que pose. Ha descarrilado y deformado por completo el individualismo, señalándole como fin la utilidad material, y no el desenvolvimiento espiritual. A tal extremo, que los hombres han llegado a creer que lo importante es tener, olvidando que, en realidad, lo único importante es ser. Ya que la verdadera perfección de hombre reside no en lo que tiene, sino en lo que es…
…en una sociedad como la nuestra en donde la propiedad supone el máximum de distinción y trae consigo la categoría social, los honores, los títulos, la consideración, etc., el hombre, ambicioso de suyo, se señala, como objeto primordial, la acumulación de esa propiedad, y no cesa de acumularla, enojosa y obstinadamente, ni aun después de haber adquirido mucha más de la que precisa o puede emplear, gozar y hasta conocer. El hombre se matará a fuerza de trabajo con el solo objetivo de asegurarse la propiedad; y realmente, si se tiene en cuenta las inmensas ventajas que la propiedad trae consigo, ¿Quién podría asombrarse de ello? Lo deplorable es que la sociedad se halle edificada sobre tales cimientos que el hombre se vea obligado a una rutina en la que no puede desarrollar libremente lo que hay en él de maravilloso, sugestivo y delicioso; y en la que, por otra parte, no puede hallar el verdadero goce y la alegría de vivir…
…lo que posee realmente, lo único que posee, es lo que hay dentro de él, aquello que lleva en si mismo. Cuanto queda fuera de él no debería tener la más mínima importancia ni transcendencia. Suprimiendo la propiedad privada, tendríamos, por tanto, un individualismo puro, integro y magnífico. Nadie derrocharía neciamente su vida en la acumulación de las cosas y los símbolos de las cosas. Se viviría. Y vivir es lo más raro de este mundo. Pues la mayor parte de las personas no hacemos otra cosas que existir…
…toda autoridad es degradante. Degrada a los que la ejercen, y degrada a aquellos sobre los cuales se ejerce. Cuando se emplea de un modo brutal, violento y cruel, todavía puede ejercer un efecto saludable, provocando, o fomentando cuando menos, el espíritu de rebeldía y de individualismo que más tarde acabará con ella. Pero cuando se emplea con cierta suavidad, y acompañándola con dádivas y recompensas, es terriblemente desmoralizadora. Pues la gente, entonces, se da menos cuenta de la tiranía ejercida, y continua viviendo en una especie de bienestar grosero, como animales domésticos, sin comprender que están pensando con ideas ajenas, viviendo con arreglo a las pautas de otros, llevando, por así decirlo, ropa de segunda mano, y no siendo ellos mismos ni un solo instante. El que quiera ser libre – dice un profundo pensador – no debe someterse…
…barrer una plaza cenagosa durante ocho horas diaria bajo el azote del viento helado, no cabe duda que es una ocupación penosa. Y barrerla con dignidad mental, moral o física, me parece hazaña poco menos que imposible; del mismo modo que barrerla con jubilo seria asombroso. El hombre ha venido al mundo para algo mejor que recoger basura. Todos los trabajos de esta índole deberían ser llevados a cabo por aparatos mecánicos. Y estoy seguro que así sucederá con el tiempo. Hasta ahora, el hombre ha sido, como quien dice, el siervo de la máquina, y no deja de ser trágico que, apenas ha inventado una máquina que realiza su trabajo, empieza ya a morirse de hambre. Esto, sin embargo, es el resultado de nuestro sistema de propiedad y de competencia. Así, en cuanto un hombre posee una máquina que lleva el trabajo de quinientos hombres, la consecuencia inmediata es la de quinientos hombres que quedan sin trabajo, comienza a pasar hambre, pierden sus codiciadas propiedades y terminan por dedicarse al robo o mendicidad. El propietario se asegura el producto de la máquina y lo guarda para sí, ganando así quinientas veces más de lo que debería ganar. En cambio, si dicha máquina fuese propiedad de todos, todos se beneficiarían de su trabajo…
…todo trabajo no intelectual, todo trabajo monótono y tedioso, todo trabajo repugnante, debería ser llevado por las máquinas. La máquina debe trabajar para nosotros en las minas de carbón y realizar todos los servicios de limpieza, y hacer de fogonero en los vapores y de barrendero en las calles y de mensajero los días de lluvia; en una palabra: todo aquello que es duro y molesto. Hoy día la máquina hace la competencia al hombre. En el futuro, cuando las cosas sean lo que deben ser, la máquina servirá al hombre…
…el egoísmo no consiste en vivir como uno cree que debe vivir, sino en exigir a los demás que vivan como uno vive…”
El alma del hombre bajo el socialismo, Oscar Wilde.
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Cuando, en 1891, Oscar Wilde publicó El alma del hombre bajo el socialismo logró irritar por igual tanto a sus aristócratas admiradores como a sus jóvenes amigos socialistas. En el ensayo, Wilde arremete contra la caridad y un malsano y exagerado altruísmo, culturalmente forzado, de la sociedad, que en vez de desarrollar sus verdaderos talentos, que ayudarían mucho más a todos, pierden su tiempo en tratar de solucionar los problemas sociales que causa el orden socio-político, sin eliminar su causa común, el capitalismo y el Estado según Wilde. También aboga por el desarrollo tecnológico que permita a los seres humanos trabajar menos tiempo y permitir a través de las máquinas, cada vez más avanzadas, dedicarse a actividades menos esforzadas físicamente y a cultivar la personalidad.
En una sociedad socialista libre, la gente tendrá la posibilidad de realizar sus talentos; el “socialismo por sí mismo”, escribe Wilde, “tendrá valor simplemente porque conducirá al individualismo”. En este trabajo, Wilde muestra, en el estilo paradójico e ingenioso que lo caracteriza, su visión anarquista: “Dondequiera que haya un hombre que ejercite la autoridad, hay un hombre que se opone a ella”.

“Hacia comienzos de este siglo XX, un alemán excéntrico llamado von Osten decidió que los animales superiores son tan inteligentes como los hombres y adoptó como misión demostrar la verdad de ese aserto. Como primer alumno eligió un caballo que por alguna razón se le antojo especialmente listo. Se pasó unos años educándole. A fin e comunicar lo que pensaba, el caballo movía adecuadamente la cabeza para decir “si” o “no”: para todas las demás respuestas golpeaba en el suelo con una de las patas delanteras. Hacia el final del segundo año, el caballo, que era ya conocido como Hans el Listo, podía leer y, golpeando el suelo, escribir; entendía las cuatro reglas fundamentadles de la aritmética; transformaba fracciones en decimales y a la inversa; y era capaz de dar la fecha del mes. Hans el Listo podía, además, decir la hora e incluso menear la cabeza para indicar que se había cometido un error al tocar un acorde musical al piano.
Mucha gente dudaba. Pero el señor von Osten no explotaba a su caballo para obtener dinero, y estaba dispuesto a dejar que otros le hicieran preguntas. Era raro que un charlatán se atreviera a ofrecer tantas facilidades a sus críticos. Hans el Listo parecía verdaderamente listo. Como se trataba evidentemente de un asunto importante, se nombró a una comisión de eminentes zoólogos y psicólogos para que estudiaran al caballo. El fallo de la comisión fue que en el curso de un dilatado examen se había excluido por completo toda posibilidad de truco. Así, pues, la ciencia respaldaba con su imponente autoridad las afirmaciones del señor von Osten a favor de la inteligencia de los mamíferos superiores.
Los admiradores de Hans el Listo estaban jubilosos. El propio Esopo no hubiera pedido más.
Pero había truco. Oskar Pfungst lo descubrió sólo unas semanas más tarde de que la distinguida comisión prestara su testimonio. Pfungst demostró que cuando se escribían las preguntas en tarjetas y se tomaban de una pila de forma que nadie salvo Hans el Listo pudiera saber cuál era la pregunta, el caballo era incapaz de contestar. Comenzaba a golpear con el casco y continuaba indefinidamente, mirando intensamente al interrogador como si esperase algún signo para detenerse. Pfungst descubrió que lo que el caballo esperaba eran pequeños movimientos de cabeza del interrogador. Para que el interrogador pudiera saber si el caballo daba la respuesta correcta, tenía que empezar por pensar en el problema él mismo y contar subvocalmente mientras el caballo comunicaba mediante los golpes del casco su respuesta. Después del último de los golpes esperados, la persona que interrogaba al caballo relajaba muy ligeramente la tensión y así, inadvertida e inconscientemente, hacia un movimiento mínimo. Esto era lo que estaba esperando Hans el Listo. Una vez descubierto este secreto, Pfungst podía obtener del caballo la respuesta que quisiera. No era la facultad psíquica superior del razonamiento lo que hacía de Hans el Listo un animal tan notable, sino la facultad psíquica inferior de la percepción.”
Extraido de “Introdución a la psicología” de George A. Miller.
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El libro tubo bastante repercusión cuando salio al mercado allá por finales de los noventa, adentrándonos un poco en la psicología y el funcionamiento de la mente en general. Igualmente puede resultar agradable de leer para descubrir algo más los entresijos de la mente el ensayo “Cómo funciona el cerebro” de Francisco Mora.

El ser humano es la única criatura que crea máquinas para suplir sus carencias físicas y psíquicas, deteniendo de está forma el proceso evolutivo que un día nos dio cierta ventaja, sí es que alguna vez tuvimos alguna, con respecto a las demás especies. La tecnología es un constante avance hacia el retroceso. Desde el momento en que la naturaleza es industrializada por medio de la agricultura y la ganadería y la tierra empieza a tener precio y dueño, desde ese momento es cuando el hombre se desvincula del mundo convirtiéndose en algo ajeno, en una especie de orgulloso demiurgo que hace y deshace, siendo incapaz de aceptar y convivir con el mundo que le rodea, sí no es sometiéndolo a sus estúpidas leyes y ciencias. Cuántas personas serían capaces de sobrevivir hoy en día, sin valerse de alguno de los agentes externos que nos ofrece la modernidad tecnológica. Creemos con fe dogmática a una ciencia llena de teorías, símbolos, hipótesis, inducciones… De elementos y seres microscópicos, imperceptibles por nuestros cinco sentidos. Por que siendo honestos, a quién vas a creer: a Einstein o a tus propios ojos.
Puede que la mejor opción sea hacerse jainista, panteísta o incluso ecologista; pero tomar conciencia antes de que las máquinas la tomen.

Sí lo pretendido con la pareja o invitado/a es llevarlo/a a una noche de voluptuosidad, síganse al pie de la letra lo a continuación descrito: Prepárese una copiosa cena a base de sopa de nido de golondrina, brotes tiernos de espárragos mojados en vino tinto acompañados de alguna receta a base de ostras con algo de cebolla.
De postre sírvanse unos plátanos cubiertos por una leve cobertura de chocolate caliente con ámbar gris y nuez moscada. Sería recomendable hacerse con algo de ese afrodisiaco conocido por los griegos como satyrion y que era utilizado en todo tipo de alimentos, bebidas o ungüentos.
Todo ello será servido en noche de luna llena, bajo el cobijo de algún florido castaño.
Nótese que, de igual forma, la desnudez y la pornografía pueden ser potentes afrodisíacos.